Darío

Retrato de Darío

Poniendo nombre a las cosas

¿Recordáis cómo se veía 302 a través de Google Earth cuando abrimos este blog?

Ahora se pueden apreciar muchas más cosas. Quiero recordaros que nuestro pequeño puñado de casas desperdigadas a lo largo de ese escaso kilómetro de la ruta 3 sigue existiendo, y que si miramos con un poco de atención, se convierte en algo más que un puntito sobre el mapa. Que, aunque no lo ponga en ningún sitio, es un lugar con nombres propios.

302 a través de Google Earth

Recuerdos que van y vienen

El tiempo pasa, dejando tras de sí una estela grisácea que adopta distintas formas y colores en función, supongo, de los estados de ánimo. El tiempo pasa y abre una grieta entre el lugar en el que uno se encuentra y en el que están guardados sus recuerdos. Una grieta que se hace más grande o más pequeña, no se sabe muy bien por qué. Supongo que mucho tienen que ver las obligaciones y el ritmo que va tomando la vida, que a veces no nos permite ni detenernos un segundo. O puede que simplemente a veces nos dejemos llevar por su ritmo frenético sin darnos cuenta de todo lo que nos dejamos por hacer.

Me da pena tener esta caja de pandora tan cerrada… Pero no por eso significa que los recuerdos se hayan perdido ni olvidado. Esta tarde, sin ir más lejos, repasando las fotos que ya me sé de memoria, he revivido con tanta realidad el calor de estos niños que casi parecía oír sus risas en la cocina, cuando empezaba a atardecer y nos enfrentábamos a la terrible tarea de mandarlos a sus casas. Me parecía ver a Ariel, agazapado en una de las mesas verdes junto a la pared, haciéndose el remolón y protestando que él no se iría a casa esa noche. Que se quería quedar en la escuela a jugar. 

También echo de menos las interminables conversaciones con Analía y Horacio, su marido. Cuando los domingos venían a la escuela a pasar el día con nosotros, sin tener la necesidad de hacerlo, sólo por el hecho de acompañarnos y para asegurarse de que estábamos bien. Recuerdo cómo les gustaba escuchar todo lo que nos llamaba la atención de las costumbres argentinas… ¡Aprendí tanto de ellos! Sobre todo de su bondad y de su increíble manera de ofrecer todo lo que uno tiene a cambio de nada. Fue impresionante cómo nos abrieron las puertas de su casa desde el primer momento. ("Gracias a la vida por haberos encontrado").

Hoy no he querido hacer como tantos otros días… que entro a este "nuestro rinconcito" y medio abro la ventana, sin atreverme a escribir un nuevo post. No sé qué extraña sensación me recorre que al final desisto y termino por no escribir nada. Sólo quería deciros que no me olvido de vosotros, que os quiero, y que me encantaría poder abrazaros.

Nos mantendremos en pie, Elena.emoticon 

 

Garabateando recuerdos

Y resulta que empezaron a pasar los meses, y este rinconcito quedó medio abandonado.

Ahora, cuando se cumple un año de nuestra estancia en 302, me gustaría recordar algunos de aquellos momentos…

Km 302 de nocheGastronomía Vida en la escuelaVida en la escuela 2Pasteles desaparecidosBichos!!!Niños perdidos

Caras

caras

Bailando solo

Mauri jugando, bailando solo

Treinta pares de manos

Nerea poniendo su huella en el mural

Las hilanderas

Como si de un cuadro de Velázquez se tratara, la versión rústica y pobre de Las hilanderas y Las meninas se desarrollaba a sólo unas cuadras de la escuela.

Las hilanderas y Las meninas

Corría un viento seco y frío el día que, por fin, nos acercamos a visitar el taller de las hilanderas. Algunas mujeres del pueblo se juntaban a hilar con un par de ruecas prestadas por una ONG dos veces a la semana. Enseguida nos dimos cuenta de que la excusa de hacer ovillos de lana era poco más que una tapadera para juntarse en casa de la afortunada que tenía televisión para ver la novela de media tarde.

Las dos mujeres que hilaban más atentas al galán de la pantalla que a la rueda de la rueca aquel día de invierno de agosto nos convidaron a un matesito tibio mientras el viento silbaba por la llanura de 302.

Los niños perdidos: Ariel

Asilvestrados. Ésa era la palabra que empleábamos para llamar, cariñosamente, a nuestros niños perdidos. Son unos pequeños salvajes, decíamos. Y 302 es la isla de El Señor de las Moscas. El reinado de los niños, los que siempre están ahí; los que surgen de cualquier rincón, como sombras en la noche, y se agazapan junto a la escuela, refugiándose de sus casas en aquel limitado mundo exterior.

ArielNo es ni el más listo, ni el más simpático, ni el más guapo de los niños de 302. Ariel, el pequeño de once hermanos, a sus seis años no sabe casi hablar porque sus padres ya están cansados de criar hijos y nietos. No sabe cuándo es su cumpleaños, ni tampoco reconoce los colores. Quizá fuera su aspecto de pequeño vagabundo con expresión de estar de vuelta de todo lo que hizo que nos encariñáramos tanto con él. Conoce muy bien la ley del más débil: Si quieres conseguir algo, llora. Pero es comprensible; vestido con ropas mil veces heredadas, parece un viejo juguete olvidado… Y cada cual encuentra sus propias tácticas de supervivencia. Tiene una mirada veloz, siempre alerta, como aquel que ha de sacarse solo las castañas del fuego todos los días. Sin embargo Ariel no sabe hacer casi nada solo. Nuestro pequeño Ariel zarrapastroso.

Chorizos

Chorizos en casa de Brian

-Mi abuelo quiere invitarles a un asado mañana -nos dijo Brian un día al llegar a la escuela–. Matamos unos chanchos y estamos haciendo chorizo.

El espectáculo que se desarrollaba en casa del abuelo al día siguiente era frenético. Los hombres de la familia, alrededor de una gran mesa, sujetaban los pellejos a la boca de la máquina que los iba rellenando. Era una máquina a manivela, con una especie de recipiente en la parte superior donde se metían todas aquellas partes del cerdo que ya no podían aprovecharse para nada más. Todo aquello salía triturado por el otro extremo. Los chorizos surgían poco a poco; parecían grandes lombrices y se enroscaban sobre sí mismos como si, efectivamente, tuvieran vida propia. El olor en la estancia era muy penetrante. Una cabeza de cuto vigilaba la escena desde un rincón de la mesa.

Todos estaban contentos: habían salido muchos chorizos. Los compartieron. ¡Quién agarrara ahora alguno de aquellos choripanes* que con tanto deleite nos comimos aquel día!

*choripán (según la RAE)
(Acrón. de chorizo y pan).
1.
m. Arg., Cuba, El Salv., Par. y Ur. Emparedado de chorizo asado.